Es una acción constante

“La paz les dejo; mi paz les doy.
Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo.
No se angustien ni se acobarden.”
Juan 14:27
Reflexionemos juntos
La paz del mundo es silencio sin conflicto.
Es la calma que depende de que nada se mueva demasiado,
de que todo esté bajo control,
de que el dolor no toque la puerta.
La paz de Cristo es distinta.
No elimina el conflicto; entra en él.
Jesús habló de paz la noche antes de morir.
Horas antes de la traición, del abandono, de la cruz.
Eso redefine por completo lo que entendemos por paz.
La paz no es algo que producimos ni algo que sostenemos.
Es un don. Un regalo.
No nace de circunstancias favorables,
sino de la reconciliación que Cristo ya cumplió.
Por eso no siempre tiene sentido humano.
¿Cómo puede haber paz en medio del dolor, la enfermedad, la guerra,
o los conflictos externos e internos que cargamos?
La respuesta no está en entenderla,
sino en recibirla.
Jesús no nos dice que comprendamos su paz.
Nos la deja.
Nos la da.
Y no porque estemos listos, seamos dignos o buenos,
sino porque somos necesitados, porque no somos nada sin Él.
La paz de Cristo no es una emoción constante,
es una realidad espiritual sostenida por su misericordia y su gracia.
Es su presencia firme cuando todo alrededor tiembla.
Es la seguridad de que, aun en el caos,
Dios no ha perdido el control,
Él está actuando en nosotros
y no hemos sido abandonados.
Respiremos juntos
Pausa, cierra tus ojos, respira y repite en silencio:
“Gracias Señor, porque tu paz no depende de que todo esté bien.”
Preguntémonos juntos
¿En qué lugar incómodo de mi vida
necesito hoy recibir —no fabricar—
la paz del Señor?
Oremos juntos
“Señor, perdóname por las veces
que confundí tu paz con seguridad material,
comodidad o ausencia de problemas.
Enséñame a reconocer tu paz
como un regalo que nace de tu presencia
y no de mis circunstancias.
Que tu paz gobierne mi corazón
aun cuando no entienda el camino».
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