Ajustar, no controlar

“El corazón del hombre traza su rumbo,
pero el Señor dirige sus pasos.”
Proverbios 16:9
Reflexionemos juntos
El equilibrio promete control.
La fe promete dirección.
Entre mucho ensayo y error,
ya sé cuál de los dos no me ha sostenido a largo plazo.
El equilibrio da la ilusión de que, si todo está bien distribuido,
nada se va a caer.
Pero la vida —y la fe— no funcionan así.
No todo puede mantenerse en el aire al mismo tiempo.
Quizás no necesito organizar mejor mi vida,
sino aceptar que Dios es tan maravilloso que se mueve conmigo
en el camino.
En el desorden, el cambio y la transición.
Ser guiados no significa tener claridad total,
sino reconocer que no sabemos realmente a dónde vamos,
aunque sí sabemos a quién seguimos
y hacia dónde queremos caminar.
Depender del Señor es admitir que nuestros planes son reales,
pero no soberanos.
Planeamos porque somos criaturas responsables,
pero confiamos porque Dios es el que gobierna el camino hasta el fin.
La Cuaresma no pide estabilidad.
Pide rendición.
Por eso, aunque no publiqué ayer,
igual reflexionaba en esto.
Porque constancia, consistencia y estabilidad
no son sinónimos.
El equilibrio y el movimiento tampoco lo son.
Avanzar no requiere seguridad absoluta;
requiere confianza intencional.
Confiar en Dios no es improvisar la vida,
es caminar creyendo
no en mi capacidad de sostenerlo todo,
sino en su fidelidad para dirigir cada paso.
Preguntémonos juntos
¿Qué estoy intentando balancear haciendo malabares
que Dios me está invitando a ajustar, soltar
o incluso dejar caer
para aprender a depender más de Él?
Oremos juntos
“Señor, gracias por la capacidad que me has dado
de planificar, soñar y pensar en el futuro.
Hoy reconozco que mis planes no me salvan.
Con humildad, te pido que mantengas mi enfoque
en tu voluntad, tu camino y tu propósito.
Confío en que Tú diriges mis pasos
mejor de lo que yo podría hacerlo».
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