Reflexiones durante la Cuaresma

Llegué a esta Cuaresma cansada de intentar balancearlo todo,
de buscar tranquilidad como si fuera sinónimo de paz,
de pensar que la fe se trataba de llegar “bien” consistentemente delante de Dios.
Y no lo es.
La Cuaresma me encontró en movimiento,
con preguntas abiertas,
con pérdidas recientes,
con heridas sin cerrar,
con planes sin fronteras,
con una paz que no siempre se siente cómoda
pero que sí se siente real.
Este no es un devocional para hacerlo perfecto.
Es una invitación a detenernos,
a decir la verdad sin maquillajes,
a recordar que somos polvo —
no para avergonzarnos,
sino para dejar de fingir.
Pero también a recordar que somos hijos,
no porque lo merecíamos,
sino porque Dios nos amó primero.
A lo largo de estos días vamos a caminar despacio:
nombrando lo que duele,
soltando lo que pesa,
ajustando el corazón,
y aprendiendo a habitar una paz que no depende de que todo esté en orden.
No escribo desde arriba.
Escribo desde aquí.
Desde la fe que se sostiene incluso cuando tiembla.
Desde la certeza de que Dios no nos pide versiones editadas,
sino corazones presentes.
Si decides caminar esta Cuaresma conmigo,
no prometo respuestas rápidas
ni finales prolijos.
Pero sí un espacio honesto para estar delante de Dios
tal como somos.
Rotos.
Amados.
Brillantes.
Sustentados.
Transformados.
Una vez y hasta dos más.
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