
Es impresionante cómo la vida me ha cambiado en seis meses.
Ya no tengo los mismos colores, ni las mismas ganas.
Tengo arrugas nuevas, frases distintas y cauchos en desarrollo.
A veces me faltan risas, pero me sobra luz.
Y aun así, Dios me conoce.
Me conoce sentada y de pie,
conoce mis pensamientos desde lejos.
Nada de esto le toma por sorpresa.
Creo que pasé demasiado tiempo buscando balance,
y ahora lo veo más claro.
No necesito balancear, necesito ajustar.
No hay equilibrio: hay movimiento.
La estabilidad es un concepto que desconozco,
y gracias a Dios.
Porque aun cuando no sé dónde estoy parada,
Él conoce cada uno de mis caminos.
Aun antes de que una palabra llegue a mi boca,
Él ya la sabe.
La paz no es un lugar donde quedarse,
es algo que se ejerce.
Está en medio del dolor, la pena, la vergüenza,
las luchas internas y las lágrimas.
Está también en la risa, en las pequeñas victorias,
en la búsqueda constante del propósito
y en todo lo que aún no entiendo.
No hay rincón de mi experiencia
donde Dios no esté presente.
No hay altura ni profundidad,
no hay oscuridad ni amanecer
donde su mano no me alcance
o su diestra no me sostenga.
Hay paz ahí, porque Dios es quien la da.
No nace de la comodidad;
nace de su presencia,
de su providencia,
de su palabra y de sus promesas.
Sobre todo, de sus procesos.
Porque la paz que no se necesita en lo cómodo
es la que sostiene
cuando todo se mueve estrepitosamente.
Yo no necesito tranquilidad.
Necesito paz en lo desconocido,
en la aventura,
en el vacío.
Si subo a lo alto, Él está allí.
Si desciendo a lo más profundo,
también allí me encuentra.
No hay huida posible de su presencia,
y qué alivio saberlo.
Durante mucho tiempo confundí la tranquilidad con la paz
porque pensé que no la tenía.
Hoy sé que siempre estuvo ahí,
sosteniéndome mientras todo cambiaba,
aun cuando yo no sabía nombrarla.
La tranquilidad es una definición humana,
escondida entre los cojines del confort,
en los espacios seguros de nuestras ambiciones,
donde casi nada nos confronta
y poco nos transforma.
Pero Dios no me formó para quedarme intacta.
Me formó con intención,
me tejió con cuidado,
me pensó antes de que existiera un solo día de mi vida.
Y todo eso sigue siendo verdad
aun cuando me siento incompleta.
Jesús no nos prometió tranquilidad.
Nos dio paz a través del sacrificio,
de la muerte, del sufrimiento, del proceso.
Entonces me pregunto:
¿por qué seguimos buscando tranquilidad
cuando la paz ya fue entregada
a un precio tan alto?
La paz está lista para ser vivida.
Está en las palabras del Señor,
en su presencia,
en su camino.
No necesitamos seguir buscando:
Él nos encontró primero.
Quiero aprender cada día a reconocerlo,
a sonreírle al cielo,
a la gente,
a las dificultades
y a los retos.
Quiero decir con honestidad:
“Examíname, Dios, y conoce mi corazón.
Muéstrame lo que aún no veo.
Guíame por el camino eterno.”
Porque su paz brilla entre mis grietas
y no la puedo contener.
Quiero vivir consciente de que el Reino de Dios ya está aquí,
de que soy parte —somos parte—
y de que su paz transforma
la manera en que caminamos este mundo.
No queda más que agradecerla
y actuar desde ella una vez y hasta dos más.
Deja un comentario