
La providencia del Señor es algo que tiene que sorprenderte, sino no viene de Él. Cada milagro es misterioso, sino no viene de Él.
No porque no tengamos fe de que Él hará lo que pedimos y necesitamos, sino porque siempre hace todo de manera perfecta, sin mancha, sin huecos argumentales, pues, como diría cualquier fanático de cine que estudia guión.
Lo cínico y frío del mundo es destruído completamente por la pasión consumidora del poderoso amor resurrector y transformador de Dios. Sino lo has experimentado, no sabes de lo que te hablo y lo entiendo. En serio, lo puedo ver, lo puedo comprender porque también me ha pasado.
Solo el Espíritu Santo, la gracia, la fe y la Palabra de Dios guían mis ojos hacia la obra conectora de Cristo en la cruz, porque ahí fue que se desgarró el velo que impedía vernos a los ojos. No empieza en mis capacidades, ni mis grandezas, ni mis talentos, ni nada de lo bueno que hay en mi, siempre ha empezado con la chispa de luz que fue con tan solo el soplo de Su voz.
Esa voz que le dio existencia a todo lo que existe, eso que pudo ser, fue, es y ha sido. Habiendo dicho esto, aquí en este punto chiquitico de la historia humana, estoy yo. Un milagro, un regalo, una partícula ínfima en la gran obra de la Eternidad. Con todas mis carencias, sufrimientos, frustraciones y vacíos.
Aun así, no queda nada en mí que no sea deslumbrado por el amor del Señor, que me da todo lo que necesito, aun cuando mi mente cree que todo le falta. En mi espíritu hay un sello convencido de la grata y gozosa salvación que nadie me puede robar, no porque yo pueda esconderme, sino porque no hay lugar en donde Dios no pueda encontrarme. Aquí, en este espacio sin definir completamente, vivo.
Ultimamente, vivo. Ya no sobrevivo como antes, ya no arrastro los pies, ya no me desvanezco lentamente como la fotografía de un viajero en el tiempo. Vivo, vivo porque he visto la mano firme del Señor en mi vida, en control en el caos, en cuidado en la enfermedad, en mi compañía en mi desolación. Y como puedo ver lo que fue, sé lo que que es y lo que será: eterna fidelidad por sus promesas. Recontar nuestras historias es tocar de nuevo el pulso de lo vivido.
Algunas memorias despiertan heridas… pero otras encienden luz. Por eso elijo narrar lo bueno, dejar que el dolor se disuelva en el silencio, y que sólo permanezcan las escenas donde el amor tuvo la última palabra.
Quiero guardar tesoros simples: las palabras que sostienen, los besos que anclan, las melodías que abrazan, los helados compartidos en tardes que no se repiten, las metas que un día parecieron imposibles y ahora son parte de mí. No quiero quedarme atrapada en lo que pudo ser; prefiero levantar la mirada hacia esa nube que aún no llega, pero que ya anuncia esperanza en el horizonte.
Pero más allá de lo que yo espero y quiero, Dios sigue sorprendiéndome con ternura inimaginable, y en esa historia está mi familia, mis amigos, él, mis compañeros de trabajo, las mascotas de desconocidos amigables, las manifestaciones de las estaciones y una comida caliente en un día helado. No puedo más que agradecer, amar, esperar, contemplar, dar, reír, escuchar, recibir, llorar… vivir.
Vivir con intención y en la completa paz de que sigo siendo perfeccionada, como personaje de serie icónica de los 90s, de comedia y romance, porque esas son las que me gustan, pero si es de drama sé que Dios la dirige de todos modos.
Va a ser un clásico… La vería una vez y hasta dos más.
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