El vértigo de estar bien

El miedo de no saber cómo vivir(lo).

Es un poco loco pensar que alguien como yo —que ha vivido tantos cambios, pérdidas, dificultades y victorias— sea una persona a la que, en el fondo, le cuesta adaptarse. Elijo creer que no, que soy adaptable, que puedo con lo que sea que venga y que vamos a lograrlo.

Pero también me duele darme cuenta de que, muchas veces, no es verdad. Que lo que hago es fingir que lo soy. Como ese estilo de vida “fake it till you make it”. Y ya estoy cansada, bro.

📖 «…Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad…»

2 Corintios 12:9

Todo lo que he vivido me ha hecho fuerte, sí, pero también resistente al cambio. Me cuesta soltar lo que era, lo que funcionaba hasta ahora. En este nuevo contexto, para avanzar, necesito dejar ir partes de mí. Y eso duele. Mucho.

Estoy golpeada, cansada y frustrada en muchas formas. Me cuesta cada vez más adaptarme. Siento que ya no sé cómo hacerlo.

📖 «Él da fuerzas al cansado y aumenta el poder de los débiles… pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas.»

Isaías 40:29–31

Y sí, suena deprimente y desesperanzador. Pero justo ahí, en ese lugar oscuro, es donde Jesús me encuentra. Es cuando me dice:

“¿Ya? ¿Ya soltaste todo lo que no te hace falta? Ahora me toca a mí.”

Las veces en que más me he sentido cansada, vacía, sin poder dar un paso más porque siento que lo he intentado todo… justo ahí es cuando Dios me sorprende. En ese momento alzo los ojos, y lo veo llegar. No me ha dejado nunca. Pero a veces me permite ahogarme en un vaso de agua para que grite: “Sálvame”, y suelte tanta tontería que no necesito cargar.

📖 «En mi angustia invoqué al Señor, clamé a mi Dios, y él oyó mi voz desde su templo.»

Salmo 18:6

Al final, no soy nadie —ni siquiera en el país donde nací. Lo que me queda es lo que Él me ha dado: mi vida, mi familia, mis amigos, mis talentos, mis habilidades, mi conocimiento, y una sola cosa clara: el deseo de seguirle, sin importar a dónde me lleve.

📖 «En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde anhelamos recibir al Salvador, el Señor Jesucristo»

Filipenses 3:20

Desde que me mudé a esta ciudad, he vivido muchas experiencias. La mayoría han sido positivas. Y precisamente por eso me siento retada: a ser más libre, más confiada, más feliz, más abierta… y eso me da ansiedad.

Ansiedad porque pasé años sobreviviendo, y ahora me toca vivir.

He estado sintiendo una ansiedad nueva… no de las que vienen con el caos, sino de las que aparecen en medio de la calma. Pasé tanto tiempo en ese modo supervivencia—resolviendo emergencias, tomando decisiones con lo justo, viviendo con el corazón en alerta máxima—que ahora que tengo espacio para respirar, no sé del todo qué hacer con él.

Estoy inmensamente agradecida. De verdad. Por la paz, por las nuevas oportunidades, por la estabilidad que se asoma tímidamente en mi horizonte. Pero también estoy aterrada.

Aterrada de no “hacerlo bien”.
De no aprovechar esta etapa.
De no sanar lo suficiente.
De no saber cómo se vive sin que duela.

Sobrevivir tiene una estructura. Es duro, sí, pero tiene reglas claras: actúas por impulso, por necesidad, por instinto. Vivir… vivir requiere presencia. Y yo estoy aprendiendo a estar.

A veces me pregunto: ¿y si desperdicio esta nueva temporada?, ¿y si me equivoco al tomar decisiones ahora que por fin puedo elegir?

Pero también me repito: esto también es parte del proceso. Aprender a vivir lleva tiempo. No tengo que hacerlo perfecto. Puedo aprender despacio. Respirar sin culpa. Disfrutar sin miedo. Equivocarme sin castigo.
Estoy aquí, y eso ya es un milagro.

Creo que, en el afán de hacerlo lo mejor posible, se me olvida que solo se trata de hacer lo que Él quiere que haga.

No se trata de cuánto puedo manejar, cuán maravillosamente lo hago ni de quién lo ve. Al final, solo somos Él y yo. Él, en plenitud, extendiéndome su mano. Y eso basta.

📖 «¡Él te ha mostrado, oh mortal, lo que es bueno!
    ¿Y qué es lo que espera de ti el Señor?:
Practicar la justicia,
    amar la misericordia
        y caminar humildemente ante tu Dios»

Miqueas 6:8

Todos esos deseos que tengo pueden ser buenos, válidos y agradables. Pero si no vienen de Dios, no me sirven.

Primero lo primero. Lo demás es topping, aderezo, sabor extra.

Me encanta ser creativa, pero si creo solo para mí y no para su gloria, no sirve.

Me gusta estar con mi familia, pero sé que planear un futuro también requiere soltar. No debo esperar que Dios me sorprenda separándome de nuevo para aprender eso.

Me gusta estar sola, pero no quiero aislarme de la gente que amo solo porque la culpa o la tristeza me lastiman.

No quiero solo adaptarme. Quiero cambiar, pero también quiero mejorar lo que ya hay en mí, reconociendo la obra del Espíritu Santo.

No todo puede ser a punta de latigazos mentales.

📖 «El que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús.»

Filipenses 1:6

Hoy reconozco su gracia, su misericordia, su paz, su provisión, su amor y su cuidado especial sobre mi vida y la de los míos. Y solo espero seguir caminando con gratitud, dándole gloria mientras paso por estos valles… una vez, y hasta dos más.

📖 «Aun si voy
    por valles tenebrosos,
no temeré ningún mal
    porque tú estás a mi lado;
tu vara y tu bastón me reconfortan»

Salmo 23:4

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