Servir y acompañar es parte del llamado de Dios para nosotros.

Vivimos en un mundo donde la independencia es altamente valorada, pero al mismo tiempo, la soledad se ha normalizado. Es sorprendente ver cómo el diseño de Dios para nuestras vidas va en contra de estas tendencias. Fuimos creados para vivir en comunidad, para apoyarnos y crecer juntos. Como nos recuerda 1 Corintios 12:27: “Ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro de ese cuerpo”.
Hace poco tuve una experiencia que me recordó lo poderoso que es vivir en comunidad. Un simple encuentro con alguien transformó no solo su día, sino también el mío.
La semana pasada invité a una mujer de mi comunidad a un «coffee date«. La idea era sencilla: escucharla, conocer su situación y ver cómo podía ayudarla. Al principio, ella llegó con el rostro reflejando cansancio y preocupación. Sin embargo, tras dos horas de conversación (cuando solo habíamos planeado una), se levantó con una sonrisa, agradeciéndome con un abrazo sincero.
Esto me recordó que no siempre es necesario hacer grandes cosas para impactar la vida de alguien. A veces, simplemente estar presentes y escuchar con empatía puede ser suficiente. Como dice Gálatas 6:2: “Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo”.
Ese momento no solo la ayudó a ella, sino que también fortaleció mi fe. Fue un recordatorio de cómo Dios usa los pequeños actos de amor y servicio para mostrar Su gracia de manera tangible. Nos reímos de algo que le pasó y reflexionamos juntas sobre la vida, cosa que fue refrescante para mi. Solo tuve que estar ahí para compartir un momento irrepetible.
Solo tuve que estar presente.
La comunidad no es solo una opción, es parte de nuestro propósito. Desde el principio, Dios declaró: “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18). No estamos hechos para vivir aislados, sino para construir relaciones que nos animen y fortalezcan.
Henri Nouwen dijo: “Cuando realmente escuchamos a alguien, damos un espacio sagrado donde la persona se siente comprendida y aceptada”. A veces, la mejor manera de mostrar amor es simplemente estando presentes para alguien más.
Jesús mismo nos dejó un modelo perfecto de comunidad. Buscó activamente a los marginados, compartió su vida con los discípulos y nos enseñó con amor y paciencia. Mateo 18:20 nos recuerda: “Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
Además, Hebreos 10:24-25 nos exhorta a animarnos mutuamente y a no dejar de congregarnos: “Preocupémonos los unos por los otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras. No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros”.
Cuando decidimos estar presentes en la vida de otros, nos convertimos en una extensión del amor de Cristo. Puede ser un café compartido, una conversación sincera o simplemente un gesto de bondad. Estas acciones tienen el poder de transformar corazones.
No se trata solo de lo que hacemos en el contexto de una organización o una iglesia, sino de la forma en que vivimos nuestra vida diaria. Cada oportunidad de escuchar, animar y ayudar es una forma de reflejar el amor de Dios. Muchas veces, la gente no busca que le resolvamos sus problemas o que les demos una opinión; lo que más valoran es ser escuchados, salir a caminar, estar acompañados y compartir una lágrima o una risa. Filipenses 2:4 nos recuerda: “Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás”.
La iglesia primitiva nos muestra cómo la comunidad cristiana debe ser unida y solidaria. Hechos 2:44-45 dice: “Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común. Vendían sus bienes y posesiones y los repartían según la necesidad de cada uno”. Del mismo modo, Romanos 12:10 nos exhorta: «Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente». Este llamado refleja el corazón de Dios para Su pueblo. ¿No es maravilloso?
La Biblia está escrita para recordarnos nuestro origen, nuestra historia y nuestro propósito.
La comunidad cristiana debe ser un lugar donde la generosidad y el apoyo mutuo sean una prioridad. Así como los primeros creyentes compartían sus bienes según la necesidad de cada uno, nosotros también estamos llamados a ser instrumentos de bendición. No se trata solo de lo que podemos recibir, sino de cómo podemos dar y servir a los demás, reflejando el amor de Cristo en nuestras acciones.
Jesús nos llama a ser luz en este mundo. Una de las formas más poderosas de hacerlo es a través del amor y la unidad. Juan 13:35 nos dice: “En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros”.
¿Qué pasaría si hoy tomamos la decisión de ser intencionales en nuestras relaciones? Tal vez signifique invitar a alguien a caminar por un parque, enviar un mensaje de ánimo o simplemente ofrecer nuestro tiempo y escucha. Somos parte del cuerpo de Cristo, llamados a vivir en comunidad, a ser luz y a reflejar Su amor en todo lo que hacemos.
Nunca subestimemos el impacto de un pequeño acto de amor. Con esos detalles, estamos construyendo un hermoso retrato de lo que significa ser el cuerpo de Cristo. A medida que fortalecemos nuestra comunidad, también fortalecemos nuestra fe y reflejamos el Reino de Dios aquí en la Tierra.
Ora conmigo:
Señor, gracias por el diseño perfecto de Tu cuerpo, la Iglesia. Ayúdame a vivir en comunidad, reflejando Tu amor y llevando las cargas de mis hermanos. Enséñame a ser intencional en mi servicio y a recordar que todo lo que hago es para Tu gloria. Que en cada encuentro, pueda ser una luz que apunta hacia Ti. En el nombre de Jesús, amén.
Si tienes una historia o un testimonio sobre cómo la comunidad cristiana ha impactado tu vida, me encantaría que lo compartieras en los comentarios. Este espacio es para aprender juntos y crecer en nuestra fe.
Seamos comunidad, seamos amor, seamos luz una vez y hasta dos más.
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