Hay momentos en la vida en los que solo importa seguir intentando.

«…seguir intentando». ¿Se dice fácil verdad?
Esa frase es solo una linda excusa para volver a publicar en este viejo blog, ahora con una actitud más madura y centrada en quien soy y lo que quiero transmitir. Igual honesta y sensible, pero ya tengo 31 años y muchas más experiencias que llevo conmigo.
Quiero creer que he cambiado, que he crecido, que he podido construir nuevas cosas y destruido viejos vicios que me retrasaban en el camino. Quiero creer que eso sigue pasando, que esta vida es un proceso y que si te caes, te levantas las veces que sean necesarias.
Todo esto pasa porque Dios fue bueno y estuvo conmigo.
Nada es por mis propias fuerzas, porque sino sería en vano y eso me llena de gozo y paz. Porque muchas veces me canso y no tengo la mejor actitud. Ha sido una aventura tras otra, pero en líneas generales ha sido hermoso.
Quiero creer que lo mejor está por venir, aunque lo que tengo hoy es precioso. La meta sigue estando delante de mis ojos, falta menos que antes. No se puede desmayar. No se puede renunciar.
Todo esto pasa porque Dios es bueno y está conmigo.
La oportunidad de servir, de amar, de vivir no puede pasar desapercibida. Es un momento, un suspiro, una risa, una lágrima, un abrazo, una despedida, un reencuentro. Muchas veces damos por sentado lo que tenemos (¡me ha pasado tanto!), o peor, nos aferramos a lo que ya no está (¡también he sido!). Lo bueno: las misericordias de Dios se renuevan cada mañana.
Quiero creer que si Dios lo ha hecho antes, lo volverá a hacer. No porque tiene que hacerlo, sino porque quiere. Él siempre quiere. Desde el inicio, se ha dado por completo por amor a sí mismo y a su creación.
Todo esto pasa porque Dios sigue siendo bueno y sigue estando conmigo.
Así que, ¿por qué volver a este blog? Porque escribir sigue siendo una medicina más barata que el café, y porque, sinceramente, alguien tiene que leer mis desvaríos aparte de Dios. Aunque Él nunca se queja.
Desde que terminé la universidad, mi vida ha cambiado de maneras que jamás hubiera imaginado. Hace poco menos de dos años empaqué mi vida en una maleta (y, siendo honesta, demasiados recuerdos que no cabían pero que igual traje en el corazón). Dejé mi país, mi gente, mis costumbres, y comencé de nuevo. Mudarse de país no es una simple mudanza; es como arrancar una planta de raíz, con la esperanza de que florezca en tierra nueva.
Dejar atrás Venezuela fue más que decir adiós a un lugar; fue despedirme de una versión de mí misma, de cosas que me definieron por años, pero que también me limitaban. Sin embargo, hay algo mágico en nuestras raíces: no importa cuánto tiempo pase ni cuántos kilómetros pongas entre ellas y tú, siempre las llevas contigo.
Cada vez que canto una gaita, preparo un sancocho con mi familia, o me río de una palabra graciosa en un stand up venezolano, siento cómo mi cultura sigue conectándome a lo que soy. Y aunque ahora estoy rodeada de nieve, frío y reuniones de trabajo en inglés, sigo siendo esa chama de Puerto Ordaz que encuentra en cada detalle una razón para agradecer dónde estoy y recordar con cariño todas esas tizanas que me tomé en Unare 2 con mi papá saliendo del colegio.
Todo esto pasa porque Dios será siempre bueno y estará siempre conmigo.
Ah, bueno, sí… La nieve. Qué decir de la nieve. La primera vez que la vi, me sentí como una niña pequeña, extasiada ante algo tan puro y perfecto. Parecía que el cielo entero había decidido cubrir la tierra con un manto de gracia. Pero como todo en la vida, la nieve tiene sus matices. Después de la magia inicial, llega el frío que cala hasta los huesos, las aceras resbaladizas y el temido raspado del parabrisas a las seis de la mañana. La nieve, aprendí, es hermosa y aterradora a la vez, como muchas de las temporadas que atravesamos.
Porque la vida es así: ciclos, estaciones, momentos. Cada una tiene su propósito, incluso las más frías y desafiantes. Y ahí es cuando más he sentido la fidelidad de Dios. Su amor ha sido constante: mi refugio en medio de los cambios y mi esperanza frente a lo desconocido. He aprendido que las temporadas difíciles no son castigos, sino oportunidades para descubrir nuevas facetas de Su gracia y amor.
No estoy sola, de eso estoy segura.
He sido rodeada de personas maravillosas que me han sostenido en los días más duros y han celebrado conmigo en los días más hermosos. Amigos que se convirtieron en familia, que me enseñaron que el amor no tiene fronteras ni acentos. Y, aunque dejé mucho atrás, descubrí que la verdadera amistad no se desvanece con la distancia; al contrario, se fortalece cuando el amor es genuino.
El amor, ese regalo divino que mueve el mundo, también ha sido un pilar en mi relación con Dios. Su amor perfecto me ha enseñado a amar con más profundidad y a aceptar que no siempre entiendo Su plan, pero puedo confiar en Su corazón. Cada caída, cada lágrima y cada alegría me llevan a buscar Su rostro.
Porque así es Su amor: Dios no se cansa de buscarnos, no se rinde con nosotros, no cuenta nuestras fallas.
Cuando caemos, Él nos levanta; cuando nos perdemos, Él nos encuentra. Su compromiso con nosotros renueva nuestras fuerzas diariamente para caminar esta vida con esperanza.
Y eso me lleva a reflexionar en el gran cuadro de Su plan perfecto: la salvación. Todo lo que he vivido, cada cambio, cada sacrificio y cada bendición, ha sido parte de una historia más grande. Una historia que no trata solo de mí, sino de Su redención para toda la humanidad.
A veces, las temporadas de la vida se sienten confusas, como piezas de un rompecabezas que no terminan de encajar. Pero con el tiempo, comienzas a ver cómo cada pedazo encuentra su lugar.
Hoy puedo decir que mi vida, con todas sus vueltas y sorpresas, ha sido una expresión de Su gracia y bondad. Cada reencuentro, cada abrazo, cada sonrisa que comparto con quienes amo es un recordatorio de que Dios sigue escribiendo esta historia. Aunque no siempre sea fácil, aunque la nieve sea fría y las despedidas duelan, hay algo profundamente hermoso en todo lo que Él hace.
Así que aquí estoy, con 31 años, un corazón lleno de historias y una certeza inquebrantable: el amor de Dios lo sostiene todo. La vida sigue siendo una mezcla de risas, lágrimas, hallacas fuera de temporada y nevadas mágicas. Y en medio de todo, puedo decir que estoy agradecida.Pero no quiero que este blog sea solo un monólogo mío, sino un espacio donde podamos crecer juntos.
Si algo de lo que leíste resonó contigo, si tienes una historia que contar, una experiencia que compartir, o simplemente unas palabras para agregar, te invito a dejar un comentario. Este rincón no es solo mío; es nuestro. Porque así como he aprendido de las temporadas de mi vida, sé que en las tuyas también hay lecciones, risas y reflexiones que podrían inspirar a otros.
¿Qué tal si construimos una comunidad donde nos animemos mutuamente a intentarlo una vez y hasta dos más?
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